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"¿Cuál es para usted el colmo de la desgracia?" le preguntaron a Jacques Derrida en una entrevista inédita para El País. "Perder la memoria", contestó. Sucede que este filósofo, que resultó ser uno de los más importantes del siglo XX, guardaba hasta el más ínfimo trozo de papel, compulsivamente. Desde trabajos de alumnos, cuadernos personales, manuscritos inéditos, relatos de sueños, disertaciones filosóficas hasta correspondencia. "Todo archivo privado está destinado a convertirse en un archivo público una vez que no ha sido quemado de inmediato", había dicho alguna vez. Ahora son sus archivos sin quemar, sus ochenta obras publicadas y las voces de más de un centenar de sus testigos más íntimos los que hablarán de él como un todo en Derrida, la biografía del padre de la deconstrucción según el filósofo francés Benoît Peeters.
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"Aparte del de las drogas, el del arte es el mercado más grande y menos reglamentado del mundo”, comenta el hombre viejo, de gesto escéptico y mirada lapidaria. Lo dice mientras va sentado en un taxi rumbo al Armory Show, la glamorosa feria de arte contemporáneo que se realiza cada año en Nueva York. El hombre sabe perfectamente de lo que habla: es Robert Hughes, ácido crítico de arte de la revista Time, fallecido el año pasado. Antes de morir, Hughes se encargó de dejar un par de testimonios claros, sobre todo algunos relacionados con el mercado del arte. Declaró, por ejemplo, que "mucho del arte se ha convertido en una apuesta para ricos e ignorantes", que "tener una fantasía y pagar 135 millones de dólares por ella no la hace necesariamente cierta", y un par de cosas más que no deben haber caído nada bien entre los coleccionistas, las casas de subastas y los galeristas.
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Hacia la segunda mitad de la década de 1990 se publicaron tres obras cruciales: La globalización, de Zygmunt Bauman, El fin del trabajo, de Jeremy Rifkin, y Las metamorfosis de la cuestión social, del sociólogo francés Robert Castel (1933-2013), recientemente fallecido. La lectura comparativa de estos libros permite trazar las coordenadas que explican el mundo laboral actual, los efectos sociales de las crisis europeas y aun las ráfagas de optimismo que a ratos soplan sobre América Latina. Castel consideraba que si la sociología tiene algún sentido, éste radica en su capacidad para hacer diagnósticos, como si el sociólogo fuera el médico de ese cuerpo humano colectivo que constituye un pueblo y, al establecer la naturaleza de una enfermedad, abriera un camino posible para su cura. No obstante, en el ejercicio de su arte desconfiaba de este aspecto prescriptivo, que asociaba con la profecía, y la satisfacía sólo a regañadientes, cuando algún periodista u oyente de sus conferencias se empeñaba en pedirle la hipótesis de una solución. A Castel le interesaba la cuestión del trabajo porque afecta al ser humano en uno de sus facetas centrales: su "estatuto de individuo".
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Futuro es el título del último libro de Marc Augé, publicado en castellano por Adriana Hidalgo Editora. Allí, el antropólogo francés ofrece una visión menos pesimista de lo que cabría esperar en estos "convulsos tiempos de crisis" y propone el modelo científico como única vía para construir una sociedad en la que la meta sea el conocimiento. Augé conjuga ciencia y futuro para combatir los miedos que nos atenazan y nos hacen vivir en un eterno presente. Después de acuñar términos como sobremodernidad y no lugar, defiende la búsqueda de la verdad para dominar el porvenir y dar sentido a la vida. Infatigable viajero por Africa y América Latina, vive ahora en París y da continuos saltos a Italia, donde ha publicado primero su última obra. Los avances tecnológicos, la construcción de la identidad individual y colectiva y el papel de la educación en el progreso de la humanidad son los ejes de esta conversación con él en el Jardin de Plantes parisino.
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Aunque ya son moneda corriente y han perdido parte de su impacto, las noticias sobre innovaciones tecnológicas han desbordado la imaginación del más febril de los escritores de ciencia ficción. Hace algunas semanas trascendió que en la Universidad de Tokio han desarrollado un robot controlado por insectos, que una compañía inglesa había creado un "hombre biónico" 70% humano con órganos artificiales y sangre sintética, y que la Marina de Estados Unidos se encontraba abocada a la creación de un aparato con sentido del olfato. Unos días antes se supo de un proyecto para reconstruir el genoma de un Neanderthal, y también que en la Universidad de Cambridge se estaba trabajando sobre protocolos matemáticos que hicieran posible la teletransportación. Todo esto ocurrió en menos de un mes, a principios de 2013, y representan apenas una mínima muestra de los alcances actuales en los campos de la biotecnología y la tecnociencia.
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Si la multicitada frase del cuadro de Magritte -"Esto no es una pipa"- invita a una doble lectura, el título del libro de Zygmunt Bauman debe ser tomado literalmente: el texto, efectivamente, no es un diario. Y aunque tiene algunas entradas de contenido más personal, y un tono espontáneo, no hay que esperar gérmenes de ideas, discusiones con otros autores o alternativas de la vida intelectual. El libro es, por el contrario, un ejercicio no formal, de escritura cómoda, que dibuja un panorama crítico del mundo contemporáneo siguiendo ciertos acontecimientos políticos, datos económicos y tendencias sociales de Estados Unidos y Europa entre septiembre de 2010 y marzo de 2011. Y en buena parte de sus páginas sirve, además, como autobiografía intelectual del prolífico pensador y defensa de su condición de outsider de las ciencias sociales. A Esto no es un diario acompaña Sobre la educación en un mundo líquido, alrededor del que ha dado una conferencia recientemente.
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