Las torres de Art Spiegelman

Art SpiegelmanPara aquellos a quienes el nombre Art Spiegelman no les diga mucho, se trata del artista que revolucionó el universo de la historieta con Maus, pieza maestra del género que, entre otras cosas, fue el primer cómic en recibir un Pulitzer, en 1992. Publicada por entregas entre 1980 y 1991 en la legendaria revista Raw, narra en clave personalísima la forma en que Spiegelman bucea en el pasado y la memoria de su padre –un muy particular sobreviviente del Holocausto. Su publicación suele considerarse el año cero de la era de la novela gráfica, en la que las historietas se desprendieron definitivamente de su aire juvenil y le mostraron al mundo cuán capaces son de plasmar crónicas poderosas y con un calado narrativo a la altura de la mejor literatura. Mucho antes de que la “literatura del yo” fuera la gran cosa, Spiegelman construyó una de esas autobiografías que definen más la naturaleza de una época que la del propio autor.


Publicfa Revista Ñ

Por Diego Marinelli

Su odisea de expiación y autoconocimiento a través de las memorias del horror de su familia en los campos de concentración nazis fue imitada hasta al hartazgo, pero también tuvo la capacidad de iluminar a toda una nueva generación de autores que abrió una veta magnífica para el género.

Tras el hito plantado por Maus, los mecanismos de la no-ficción combinados con la narrativa de la historieta permitieron que afloraran obras sin las cuales sería imposible entender el cómic contemporáneo. Entre ellas, poderosos relatos confesionales como Fun Home, de la estadounidense Alison Bedchel, donde narra el proceso en el que descubre y asume su homosexualidad, mientras su propio padre lucha por lo mismo, pero sin tener la fuerza o la valentía para conseguirlo. O Blankets, otra autobiografía conmovedora en la que su autor, Craig Thompsom, expone su infancia y adolescencia marcadas por los abusos sexuales y el fanatismo religioso en un pueblo perdido de la América profunda.

La influencia de Art Spiegelman también fue crucial para el surgimiento del llamado “cómic periodismo”, un subgénero que irrumpió tras el cambio de siglo de la mano de autores como Joe Sacco, que realizó excelentes y muy exitosas crónicas de los conflictos en Palestina y los Balcanes, y del canadiense Guy Delislé, quien dio vida a uno de los testimonios más reveladores sobre la vida cotidiana en Corea del Norte, en su libro Pyongyang. Una de las señas de identidad del “cómic periodismo” es precisamente el relato en primera persona y ese ejercicio sensitivo del cronista dejándose atravesar por los hechos narrados, que constituye el fenomenal aporte de Maus al lenguaje de las historietas.

Pero además, la visita del gran Spiegelman sucede en la estela de un nuevo aniversario de los atentados del 11 de septiembre. Neoyorquino hasta la médula, Spiegelman fue testigo directo de aquellos días que conmovieron al mundo y dio cuenta de lo vivido en Sin la sombra de las torres, del cual se ofrece aquí un fragmento. En esta cómic-crónica, que comienza en un día como hoy, el 20 de noviembre de 2001, fusiona experiencias personales, reflexiones, críticas y una paleta de recursos gráficos realmente fantástica. El libro, que acaba de ser reeditado en español, nunca estuvo ni está en librerías argentinas. Compila 10 episodios que aparecieron, de a uno por mes, en el diario alemán Die Ziet entre 2002 y 2003; en ellos despliega otra vez los elementos del lenguaje de la historieta para descifrar enigmas políticos y sociales y hacer aflorar cuestionamientos a la utilización belicista de los atentados por la administración de George W. Bush. Un ejercicio de libre pensamiento muy a contracorriente, que provocó que ningún medio de prensa quisiera publicarlos en medio de la oleada chauvinista que inundaba a Estados Unidos.

Con vista a las Torres Gemelas

Eso de que Spiegelman fue “testigo directo” del 11-S no es metáfora: Art, su mujer Françoise Mouly (directora de arte de la revista The New Yorker ) y sus hijos Nadja y Dash tenían su hogar en el sur de Manhattan, a pocas cuadras del lugar donde se levantaban las Torres Gemelas, y experimentaron el asombro de no comprender –primero– lo que ocurría a unos cuantos metros de su sofá, y la desesperación de no saber –luego– si el resto de la familia estaba sepultada bajo los escombros. En el inicio del libro, Spiegelman explica: “Quería plasmar el terrible viaje a través de una ciudad en pánico para recoger a Dash, nuestro hijo de nueve años, de la Escuela de las Naciones Unidas, que aquella mañana pensamos que sería un blanco probable de otro ataque, o que, una vez reunidos todos, yo rompiera a llorar y esto afectara a mis hijos más que los acontecimientos que habían precipitado mis sollozos”. Al igual que en Maus , se sumerge en un momento bisagra de la historia (el Holocausto lo fue, las Torres también) y se deja atravesar por los sucesos y sus implicancias. Spiegelman es un liberal -en el sentido más estadounidense de la palabra- y tiene una postura bastante definida acerca de dónde está parado frente a “lo político” del 11-S, pero lo fundamental del libro es el aspecto emocional, ese territorio en el que una catástrofe histórica se explica a través de la forma en que transforma su vida y la de su familia.

“Todavía veo la torre, que refulge impresionante, antes de venirse abajo”, dice una de las viñetas más emblemáticas del libro, que muestra el esqueleto naranja de una de las torres a punto de desvanecerse, consumido por el fuego. A medida que avanzan las páginas, las impresiones del horror dejan paso a las reflexiones: la búsqueda de cierta ecuanimidad entre los relatos del atentado, la incapacidad de decir algo en contra del fervor patriotero, la complicidad de los medios de prensa con las falsas verdades que justificaron la invasión de Irak, los negocios del entonces vicepresidente Dick Cheney y la corporación Haliburton, el regreso a la normalidad de la ciudad… En un guiño a la historia de la historieta, Spiegelman va contándolo a través de homenajes a los grandes del cómic estadounidense, artistas de la talla de Richard F. Outcault (autor de la serie pionera The Yellow Kid, de 1895), Windsor McKay (Nemo en el país de los sueños) y George McManus (creador de Bring up father), entre otros. Y así, su relato, que tiene ese inconfundible tono “woodyallenesco” del judío neoyorquino, se convierte también en un festival gráfico que ofrece una segunda capa de lectura, deliciosa para cualquier amante de los cómics.

Sin la sombras de las torres, como Maus, es la obra de quien busca, por sobre todas las cosas, comprender. Alguien que se niega a aceptar la versión oficial de los hechos y decide ir más allá. Es también un pequeño tratado de cómo el miedo puede ser conscientemente transformado en paranoia y convertirse en una coartada para la venganza y la guerra. “Me había imaginado que la sombra de las torres se iría desvaneciendo mientras revisaba mi dolor y lo guardaba en cajas. Pero lo que no me esperaba era que los secuestros del 11-S se vieran a su vez secuestrados por las conspiraciones de Bush, que lo reducían todo a un póster para reclutar a gente para la guerra. (...) El gobierno pasó al modo Gran Hermano distópico y empujó a Estados Unidos hacia una aventura colonialista en Irak, mientras hacía muy poco por hacer realmente del país un lugar más seguro más allá de confiscar cortaúñas en los aeropuertos”, decía Spiegelman en el prólogo de la primera edición de su libro. Lo que hoy parece tener sentido, en su momento fue impublicable en la mayor democracia del mundo.