John Cheever: «Reunión»

John Cheever: «Reunión»Reunión

 

Por John Cheever

 

                   La última vez que vi a mi padre fue en la Estación Gran Central. Yo iba de la casa de mi abuela, en los Adirondack, a un cottage en el Cabo alquilado por mi madre. Le escribí a mi padre que estaría en Nueva York, entre dos trenes, durante una hora y media, y le pregunté si podíamos almorzar juntos. Su secretaria me escribió diciendo que él se encontraría conmigo a mediodía frente al mostrador de información, y a las doce en punto lo vi venir entre la gente. Para mí era un desconocido –mi madre se había divorciado de él hace tres años y desde entonces no lo había visto- pero apenas lo vi sentí que era mi padre, un ser de mi propia sangre, mi futuro y mi condenación. Supe que cuando creciera me parecería a él; tendría que planear mis campañas ateniéndome a sus limitaciones. Era un hombre alto y apuesto, y me complació enormemente volver a verlo. Me palmeó la espalda y estrechó mi mano.

Leer más: John Cheever: «Reunión»

La edad de oro: W. Burroughs

La edad de oro: W. BurroughsEntre los muchos progresos que el siglo XXI ha realizado respecto de su precedente, no se cuenta el de haber podido construir clásicos literarios de la misma envergadura que los del siglo XX, por su potencia estética, su osadía de pensamiento o su radicalidad política. El almuerzo desnudo de William Burroughs no es sólo un radical experimento de fuga de la literatura sino el texto que surge como efecto de una virología.

 

Leer más: La edad de oro: W. Burroughs

"Algo pegajoso": Mario Levrero

"Algo pegajoso": Mario LevreroAlgo pegajoso

 

Por Mario Levrero

 

Llevé la mano al bolsillo del saco, en ademán irreflexivo, y mis dedos rozaron un objeto inusual entre las habituales monedas: el caramelo que me había regalado una niña. Lo saqué del bolsillo y comencé a quitarle la envoltura, de celofán semitransparente, no sin dificultad. A veces los caramelos se ablandan con el calor y la humedad y se pegan excesivamente al papel. Recordé que en mi infancia sentía una atracción especial por ese tipo de caramelos un poco revenidos; tenían un gusto más dulce que los otros —o al menos así me parecía.

Leer más: "Algo pegajoso": Mario Levrero

El cuento del sillón de mimbre

El cuento del sillón de mimbrePor Hermann Hesse

                        Un joven estaba sentado en su solitaria buhardilla. Le hubiese gustado llegar a ser pintor; pero para ello debía superar algunas cosas bastante difíciles, y para empezar vivía tranquilamente en su buhardilla, se iba haciendo algo mayor y había adquirido la costumbre de pasarse horas ante un pequeño espejo y dibujar bocetos de autorretratos. Estos dibujos llenaban ya todo un cuaderno, y algunos le habían complacido mucho.

                        —Considerando que aún no poseo ninguna preparación en absoluto —decía para sus adentros-, esta hoja me ha salido francamente bien. Y qué arruga más interesante allí, junto a la nariz. Se nota que tengo algo de pensador o cosa por el estilo. Únicamente me falta bajar un poquito más las comisuras de la boca, eso crea una impresión singular, claramente melancólica.

Leer más: El cuento del sillón de mimbre