Rincón bibliográfico

Un arte de leer¿Qué leemos cuando leemos un libro? Anecdóticamente, un texto, uno solo y el mismo para el universo, una sucesión de palabras y de páginas. Pero, una vez leído y dando por supuesto que no nos hemos saltado un solo párrafo por sospecharlo superfluo, ¿qué cuentas echamos cuando ya aquel texto es un libro? Volviendo sobre el material inmediato, las letras sobre el papel, es muy posible que comprobemos subrayados, borrones, anotaciones marginales, elogios y denuestos para un autor maniatado y mudo, incapaz de replicarnos. Es decir, el libro no coincide con el texto.

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Ludmer: Literaturas postautónomasLiteraturas postautónomas: otro estado de la escritura

 

Por Josefina Ludmer

 

Hoy concibo la crítica como una forma de activismo cultural y necesito definir el presente para poder actuar. El presente es para mí el presente literario, porque creo que en la escritura, y sobre todo en la literatura, se puede ver cierto funcionamiento de la imaginación pública.

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Sylvia Molloy: Crítica y contagioDesleer  para  leer: esa consigna abre la lectura que Sylvia Molloy hace de La vorágine, y se vuelve un gesto recurrente en sus lecturas críticas. “Desmontar”, escribe, “esa red taxonómica que se ha ido tejiendo alrededor –y a veces a la vera– del texto para enfrentar su letra” (1987: 746). Leer, ahí, es antes que nada desmontar, desarmar los marcos, las taxonomías, las fijaciones de lo ya-leído, ese repertorio de las lecturas que se asientan  como sedimentos y  se vuelve automatismo de la crítica, de la pedagogía, de las categorías de lectura. Gesto a la vez necesario y, añade, imposible: en esa revocación, “siquiera tangencial”, empieza “Contagio narrativo y gesticulación retórica en La vorágine”, un texto crítico de 1987, un momento, podemos pensar, de inflexión de la crítica que se producía desde EEUU (Molloy estaba en ese momento en Yale; el texto sale en Revista Iberoamericana) donde los debates en torno al Boom y al testimonio, que fueron dominantes durante las décadas previas, empezaban a hacerle lugar a nuevos vocabularios críticos, y donde el culto del autor como filtro de toda lectura –tan determinante de los instructivos de lectura que se gestaron en torno al Boom– empezaba a desfondarse para hacer ver las operaciones del “texto” y de la escritura. El artículo de Sylvia es, sin embargo, menos un recambio de vocabularios y de modos de leer que el registro y el mapeo de una sensibilidad crítica. Una sensibilidad crítica hecha, claro, de lecturas, pero sobre todo de un posicionamiento en tanto que lectora: el trazado de un lugar desde donde leer, que es inseparable de una pregunta por la forma literaria, o mejor dicho, por lo informe literario.

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La hora de la estrella, de Clarice LispectorUna operación crítica

Sobre La hora de la estrella, de Clarice Lispector

 

            Vamos a dejar fuera del cuadro los elementos biográficos de Clarice Lispector, su Ucrania natal, la infancia en el Nordeste de Brasil, su mudanza a Río de Janeiro, la vida errante de las legaciones diplomáticas y sus sofisticaciones cosmopolitas, su regreso a Brasil, e incluso sus novelas anteriores, sus cuentos y las «crónicas» publicadas en el Jornal do Brasil, que condensan un género literario en sí mismas. Apartemos todo eso –de momento– para centrarnos en su último libro, La hora de la estrella*.

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